Lando es todo lo que Oscar no es. Impredecible, libre, directo hasta el descaro. Lo conoce por accidente, en un momento que no debería significar nada, pero que lo cambia todo. Hay algo en la sonrisa de Lando, en su manera despreocupada de mirar, que despierta en Oscar una curiosidad incómoda, casi peligrosa. Y un deseo que intenta ignorar sin éxito. Sin embargo, Lando no está en buscar de amor, ni estabilidad, ni promesas, pero la forma en que Oscar lo observa, como si estuviera descubriendo un mundo nuevo, lo desarma más de lo que admite. Cada encuentro entre ellos es una chispa breve e intensa que es difícil de olvidar.
Oscar, en cambio, sí busca algo. No es solo atracción, sino ese revoloteo bajo la piel cuando Lando se acerca, la adrenalina de sentir que alguien por fin lo saca de su vida perfectamente controlada, y aunque sabe que está cruzando límites que siempre creyó imposibles, no puede evitarlo. Lando lo reta, lo empuja, lo enciende y Oscar empieza a preguntarse si no es eso, justamente, lo que siempre necesitó.
Tan maravilloso como el café que necesitaba cada mañana para empezar el día.
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