La idea era simple: pasar el invierno, aguantar a su hermano menor, no complicarse. Hawkins era un pueblo chico, aburrido y completamente predecible. Ella lo conocía de memoria. Sabía exactamente qué esperar de cada esquina, de cada cara, de cada historia que ya había escuchado antes de irse.
Lo que no calculó fue Steve Harrington.
No el Steve que recordaba vagamente de los pasillos del colegio, ese chico que miraba al resto del mundo como si fuera decoración de fondo. Ese Steve era fácil de ignorar. Ese Steve cabía perfectamente en la caja donde Sarah había decidido guardarlo hace años y no volver a abrir.
El problema es que el Steve que encontró en Hawkins no cabía en ninguna caja.
Y eso lo complicaba todo.
Porque Sarah tenía reglas. No involucrarse, no quedarse más de lo necesario, no dejarle espacio a las cosas que duelen. Y Steve Harrington, con su BMW, su bate con clavos y esa manera ridícula que tenía de cuidar a todo el mundo menos a sí mismo, era exactamente el tipo de cosa que duele.
Solo que nadie le avisó a tiempo.