𝑵𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒐 𝑹𝒆𝒆𝒏𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒓𝒐:25 Años Después
Beatriz Pinzón acababa de cumplir dieciocho años y tenía la vida cuidadosamente imaginada delante de ella.
Solo le quedaban unos meses para terminar el bachillerato y comenzar una nueva etapa: la universidad y el sueño de estudiar Economía.
Por eso, cuando su mejor amiga, Camila Mendoza, la invitó a pasar unos días en la hacienda de su familia en Cundinamarca, Beatriz pensó que sería simplemente una pausa antes de cumplir sus planes.
No contaba con conocer a Armando Mendoza.
El hermano mayor de Camila estaba a punto de cumplir veintitrés años. Estudiaba Administración de Empresas en Nueva York y había regresado a Colombia para pasar unos días junto a su familia.
Al principio, parecían demasiado diferentes.
Ella, con sus dieciocho años, sus sueños y esa manera tranquila de observar el mundo.
Él, con veintidós años, una vida lejos de Colombia y una sonrisa capaz de ponerla nerviosa sin siquiera intentarlo.
Pero algo comenzó a cambiar entre ellos.
Las tardes en la hacienda se hicieron más largas. Las conversaciones que comenzaban sin importancia terminaban cuando la noche ya cubría el cielo de Cundinamarca. Las risas se volvieron costumbre y aquellos silencios compartidos dejaron de sentirse incómodos.
Sin darse cuenta, Beatriz comenzó a esperar cada momento junto a él.
Y Armando descubrió que aquella muchacha que había llegado a la hacienda como la mejor amiga de su hermana estaba ocupando un lugar que jamás había pensado entregarle a nadie.
Entonces llegaron dos pequeñas pulseras.
Una luna.
Una estrella.
Veinticinco años después, aquella luna y aquella estrella siguen guardando el recuerdo de una historia que ninguno de los dos consiguió olvidar.
Porque algunas historias no terminan con una despedida.
Solo quedan suspendidas en el tiempo, esperando que la vida vuelva a cruzar sus caminos.