Mikey Way vive entre dos extremos: el estruendo de los escenarios con My Chemical Romance y el silencio asfixiante que llega después. En público es el bajista reservado, el hermano de Gerard Way, el rostro serio entre luces rojas. En privado, es un hombre que confunde autodestrucción con control y vacío con libertad.
Alcohol. Cigarrillos. Pastillas. No es rebeldía. Es rutina.
Hasta que aparece Helena.
Ella no lo idolatra. No le teme. No intenta salvarlo. Lo mira como si pudiera ver el desgaste detrás de la pose, como si supiera que el peligro no es el caos que lo rodea, sino el silencio que lo consume.
Lo que Mikey ignora es que Helena también está perdiendo algo. Que su calma no es indiferencia, sino resistencia. Que cada respiración suya tiene un peso que él aún no comprende.
Entre giras, recaídas y encuentros que parecen casuales pero no lo son, ambos comienzan a acercarse en el peor momento posible. Porque enamorarse de alguien que está aprendiendo a sobrevivir es arriesgado.
Y enamorarse cuando el tiempo podría no ser suficiente... es devastador.
Esta no es una historia sobre salvar a alguien.
Es una historia sobre lo que ocurre cuando dos personas rotas se encuentran demasiado tarde... o justo a tiempo.
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