Un mundo. Dos corazones que laten sin saber de la existencia del otro.
Late uno al amanecer, entre voces y risas; late el otro cuando el cielo se oscurece y el silencio lo cubre todo.
¿Cuándo se verán? Nadie lo sabe.
Quizás pronto... o tal vez nunca.
Y si llegaran a encontrarse, ¿sabrían que, de algún modo imposible, ya se conocían?
Muchos aman el océano por su inmensidad y su belleza. Para ellos, en cambio, el océano es la frontera que los separa. Lo peor es que ninguno de los dos lo sabe. Viven sus días ignorando que, al otro lado del mundo, hay alguien cuyo corazón late con el mismo ritmo.
En esta vida son enemigos jurados. Así fue escrito. Así fue contado.
Pero el destino nunca ha sido una regla imposible de romper... y ellos, sin siquiera intentarlo todavía, ya comienzan a desafiarlo.
Uno vive libre bajo el sol, sobreviviendo con los suyos, moviéndose con el ruido del día y el impulso del viento.
El otro pertenece a la noche, camina solo entre sombras y estrellas. No porque ame la soledad, sino porque nunca encontró a alguien que pudiera quedarse.
Dicen que hay emociones que no nacen... despiertan.
Y él aún no sabe que está esperando a alguien capaz de hacerle sentir algo que jamás había conocido.
Tal vez el océano no sea una separación.
Tal vez sea la prueba.
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