Desde el instante en que sus párpados se abrieron por primera vez, Naomi había conocido únicamente la soledad. Eran como hilos invisibles los que la conectaban a su creadora -una entidad que, movida por el aburrimiento, la manejaba como a una simple marioneta para observar los múltiples mundos que existían más allá de su propio espacio. Su propósito parecía borroso desde el principio: ¿qué otra razón podría tener una marioneta si no la de ser controlada?
Pero pronto descubrió que su ama no mantenía el interés por mucho tiempo; en cuanto dejaba de resultarle entretenida, la abandonaba a su suerte. En esos lapsos de olvido, cuando la creadora se dedicaba a otras cosas, Naomi aprovechaba para sumergirse en la observación de cada universo que había podido contemplar. Allí vio que cada mundo era susceptible de ser dividido -y ella, además de ser una marioneta, poseía un poder extraordinario que le permitía separar realidades y hacer con la copia todo lo que su voluntad dictara.
Decidida a dar sentido a su existencia, ideó un plan: creó un archivo que implantó en cada mundo que había elegido como objetivo, para luego observar las consecuencias de su acto. No sabía si esa simple decisión traería consigo un final feliz para los seres que habitaban esas copias, o si desencadenaría una terrible destrucción en los mundos originales a los que había replicado. Ya había establecido esta regla en todos ellos, y tenía un nombre claro y contundente: se llamaba "Destinados".
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