Cuatro personas mueren en circunstancias distintas. Ninguno espera nada después de ese último recuerdo: un accidente, un error, un instante absurdo que corta la vida sin ceremonia. Pero en lugar de desaparecer, despiertan.
No hay suelo firme, no hay estrellas, no hay horizonte. Solo un espacio indefinido, como suspendido en nubes sin forma. Allí comprenden algo inquietante: recuerdan perfectamente cómo murieron.
Y luego todo cambia.
Sin transición visible, aparecen en otro lugar. De pie. Inmóviles. No pueden parpadear. No pueden hablar. No pueden moverse. El tiempo pasa, pero sus cuerpos no responden. Los ojos arden. La boca se seca. La sensación no es dolor, es algo más extraño: como si todavía no terminaran de encajar en esa nueva realidad.
Finalmente, la rigidez se rompe.
Recuperan el control del cuerpo. Pueden respirar con normalidad. Pueden moverse. Pueden mirarse entre ellos.
No saben dónde están.
No saben por qué siguen existiendo.
Pero algo es seguro:
La muerte no fue el final.
Todos los derechos reservados