Hay palabras que son como balas: una vez que salen, no hay forma de detenerlas.
Gabriel vive bajo sus propias reglas, en un búnker de silencio que él mismo construyó para protegerse... y para proteger a los demás. Mónica está ahí, cerca, siendo la única persona capaz de atravesar sus defensas sin siquiera intentarlo. Ella no sospecha nada. Ella lo mira y ve a Gabriel, no a la sombra que él carga.
Pero el silencio tiene fecha de vencimiento. Gabriel sabe que el secreto está empezando a quemar por dentro y que, si quiere ser leal a lo que siente, va a tener que hablar. El problema es que la verdad tiene el poder de unir o de destruir todo lo que han construido.
El pueblo de Wilson es tranquilo, regido por sus costumbres y creencias religiosas muy estrictas, donde Leigh ha crecido, siguiendo cada regla y pauta como se le ha indicado. Un pueblo donde no se recibe con mucha gracia a los recién llegados así que cuando Los Steins se mudan a su lado, Leigh no puede evitar sentir curiosidad.
Los Steins son adinerados, misteriosos y muy elegantes. Lucen como el retrato perfecto de una familia, pero ¿Lo son? ¿Qué se esconde detrás de tanta perfección? Y cuando la muerte comienza a merodear el pueblo, todos no pueden evitar preguntarse si tiene algo que ver con los nuevos miembros de la comunidad.
Leigh es la única que puede indagar para descubrir la verdad, ella es la única que puede acercarse al hijo mayor de la familia, el infame, arrogante, y frío Heist.