En La madrina del cielo, Tirso de Molina articula una delicada alegoría mariana al servicio del dogma eucarístico, entrelazando la doctrina de la Redención con el papel intercesor de la Virgen María. El auto se construye sobre la imagen espiritual del bautismo y del parentesco simbólico que este sacramento inaugura entre el alma cristiana y la esfera celestial.
La figura central es la Madrina del Cielo, representación de la Virgen como protectora, guía y valedora de las almas. Así como en el rito bautismal la madrina acompaña al neófito en su ingreso a la comunidad cristiana, María ejerce aquí ese mismo patrocinio a escala universal: recibe al alma, vela por su crecimiento espiritual y aboga por ella ante la Justicia divina.
La acción dramática sigue el itinerario de un Alma -o del Hombre en sentido alegórico- que, tras su nacimiento a la vida de la gracia, se ve amenazada por el Pecado, la Culpa y las Tentaciones del mundo. Estas fuerzas buscan arrebatarle la inocencia bautismal y someterla a condena, apelando al rigor de la Justicia.
Frente a ellas se alza la Madrina del Cielo, cuya intervención no anula la ley divina, pero la modula mediante la Misericordia. Su mediación constante subraya uno de los ejes teológicos del auto: María como intercesora privilegiada entre la humanidad caída y Cristo redentor.
El conflicto alcanza su punto culminante cuando el Alma, habiendo errado, enfrenta el juicio que decidirá su destino. La Madrina comparece entonces como abogada espiritual, recordando los méritos de Cristo y la eficacia de los sacramentos recibidos. La Redención, actualizada en la Eucaristía, aparece como garantía última de salvación para quien persevera -o se arrepiente- bajo su amparo.
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