Dicen que en junio nadie empieza algo importante a propósito... simplemente sucede.
Que lo que empieza en invierno no siempre está destinado a sobrevivir.
Se conocieron a mitad de año. Ella lo vio antes de hablarle. Algo en él era distinto: no era el más ruidoso, ni el más popular, ni el más fácil. Era una pausa en medio del recreo. Un misterio sentado al fondo, con el buzo siempre un poco grande y la mirada en otra parte.
Y ella, que no suele perseguir nada, decidió acercarse igual.
Él observaba más de lo que decía. Cargaba cosas que nadie veía del todo, como si hubiera aprendido a doblar sus problemas y guardarlos en el bolsillo.
Ella, en cambio, parecía tenerlo claro: sabía lo que valía, incluso cuando el mundo intentaba medirla con reglas torcidas.
Desde que empezaron a hablar, algo cambió.
Él empezó a elegir otros lugares en los recreos.
Ella empezó a sonreír distinto en su casa, a esconder el celular bajo la almohada cuando vibraba a las dos de la mañana.
Los amigos notaron ausencias.
Las familias notaron luces nuevas.
Mientras el invierno avanza, también lo hace lo que sienten:
miedos que aparecen sin aviso,
fantasmas que reaparecen por mensaje y en colectivos llenos,
comparaciones silenciosas,
decisiones que duelen.
Y mentiras.
Porque amar no siempre es quedarse.
A veces es soltar.
Aprender que si alguien no ve lo que vales, el problema no sos vos, sino la otra persona.
Dicen que lo que se construye en invierno es más fuerte.
Tal vez porque, para sostenerlo, primero hay que aprender a no congelarse por dentro.
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