Martin vive una adolescencia tranquila entre su padre músico, su grupo de amigos y Youngseo, una chica con la que tiene algo sin etiquetas. Todo cambia cuando llegan nuevos vecinos: Keonho, un chico de su edad, reservado y con un pasado de mudanzas constantes.
Lo que empieza como una amistad tímida -saludos desde las ventanas, tardes en la granja del abuelo, confidencias bajo un sauce- se convierte en algo más profundo. Un beso bajo un puente, mientras una tormenta los refugia, despierta sentimientos que ninguno de los dos sabe gestionar.
Martin entra en pánico. El miedo al qué dirán, la culpa hacia Youngseo, y su propia inexperiencia con esos sentimientos nuevos lo llevan a rechazar a Keonho en público, a huir, a no responder sus mensajes. Keonho, cansado de las "tonterías" de Martin, se enfrenta a él y le pregunta directamente si le gusta o no.
Martin admite que sí, pero sus excusas ("no conozco a ningún chico enamorado de otro", "no quiero que la gente hable") terminan por agotar a Keonho, que se aleja definitivamente.
Yamaguchi es muy lindo.
Hinata es tonto, pero adorable.
Tsukishima es... atractivo.
Kageyama es guapo.
Los cuatro chicos de primer año del Karasuno comienzan a sentir cosas entre ellos.
No saben si eso es amistad, amor o solo los nervios de jugar en la cancha.
Pero cada vez que juegan juntos,
sus corazones laten al mismo tiempo.
No hace falta explicarlo,
basta estar en 𝑠𝑖𝑛𝑐𝑟𝑜𝑛𝑖́𝑎