En Filligans, tu peor enemigo no son los niños crueles de la primaria.
Tampoco lo son los vecinos que te miran como si fueras un error, un marginado que no debería ocupar espacio.
No, no es nada de eso. Sino algo mucho, mucho peor.
Algo de lo que no se habla. Aquello que todos fingen no ver para preservar su seguridad; aún cuando todo apunta a un solo responsable.
Historias de fogatas apuntan a una verdad, a un monstruo que ha cazado personas desde la fundación del pueblo leñador. Saciando su hambre con carne de nuestros seres amados, amigos, parientes...
La leyenda pareció ser un mito, un cuento dormido bajo los años de la monotonía. Hasta que de repente, algo ocurrió. Algo que jamás pudieron esperar; todo pasó cuando Mason Chester no llegó a casa esa noche. Su bicicleta fue encontrada sin su dueño, tirada entre los pinos que parecían tener sus ojos fijos en el mismo punto de la caída al barro. Su cuerpo jamás fue encontrado, su presencia jamás volvió a verse. Aquella ausencia pesó tanto que la Señora Chester se fue del pueblo hacía un par de años, para nunca regresar. No obstante, año tras año, hay un memorial dedicado a ese pequeño niño cuyo destino fue injusto.
Desde el accidente, el pueblo no ha sido el mismo.
Y Michael tampoco.
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