Desde que tienen memoria, siempre estuvieron juntos.
Sus madres son mejores amigas. Crecieron en las mismas reuniones, los mismos salones, las mismas fotografías forzadas.
También crecieron odiándose.
O al menos eso fue lo que decidieron creer.
Ahora, en la universidad, el destino vuelve a sentarlos en el mismo salón, en la misma historia que nunca supieron cómo escribir sin convertirla en guerra. Porque lo suyo nunca fue indiferencia. Fue miedo. Fue orgullo. Fue esa línea delgada entre el odio y algo mucho más peligroso.
Y esta vez, el juego podría romperse.
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