No recuerdo cómo llegué aquí.
La niebla se arrastra entre árboles que parecen haber crecido con voluntad propia, y el frío cala hasta los huesos. No hay nombres, no hay caminos visibles. Solo cuerpos que se mueven con miedo y silencio, y un aire que huele a sangre y tierra húmeda. No todos sobreviven el primer encuentro; algunos caen antes de comprender que el peligro no tiene forma fija ni reglas claras.
Este lugar, que algunos llaman mazmorra, es más que un laberinto. Es un sistema que observa, evalúa y castiga. Cada caída, cada error, es definitiva. Cada sobreviviente debe aprender rápido o morir. Los que avanzan descubren que no solo enfrentan criaturas deformes y mortales, sino a sus propias limitaciones físicas y psicológicas, a mutaciones que se desencadenan por estrés y al precio inevitable de usar habilidades que nadie les enseñó a controlar.
Y aún así, a pesar del miedo, de la sangre y de la constante sensación de que cualquier momento puede ser el último, los sobrevivientes encuentran algo inesperado: compañía. Alianzas frágiles, vínculos nacidos de la necesidad de sobrevivir y la confianza calculada. Nada es eterno, nada es seguro. Pero compartir fuerza y habilidades, aunque sea de manera parcial, permite enfrentar lo imposible.
En este mundo no hay héroes. Solo sobrevivientes.
All Rights Reserved