El mundo había terminado en 1995, o al menos eso decían los rumores que se susurraban en las sombras. Un virus nacido de experimentos oscuros, criaturas que antes acechaban en dimensiones ocultas, ahora transformadas en infectados: runners veloces con venas negras, clickers ciegos que chasqueaban en la oscuridad, y esporas flotantes que envenenaban el aire. Pero Hawkins, ese pueblo olvidado en Indiana, había resistido 20 años. Aislado, protegido por su insignificancia. Hasta 2015, cuando algún idiota -un cazador curioso o un comerciante imprudente- salió y regresó con la muerte en las venas.
Mike Wheeler, ahora con 16 años, caminaba solo por las ruinas de lo que alguna vez fue la Ruta 59. Sus manos, expertas en el manejo de un rifle improvisado, ajustaban el cargador con precisión letal. Como Ellie en las historias que Dustin solía contar de videojuegos antiguos, Mike había aprendido a sobrevivir: estrategias rápidas, disparos certeros, y una máscara anti-esporas que Dustin había inventado justo antes de la separación. Hacía dos años que Hawkins cayó en la locura, y dos años que Mike buscaba a los demás. Will... su mente siempre volvía a él, a esos momentos robados en el sótano, antes de que el mundo se rompiera.