En la Ciudad de los Pulmones Grises, el cielo es una costra de vidrio y el tiempo se mide en el goteo del aceite sobre los adoquines. Bajo agujas góticas que se alzan como dedos suplicantes hacia un sol que ya no calienta, la humanidad ha aprendido a respirar veneno y a llamar "paz" a la ignorancia y a la indiferencia.
Es un reino de metal oxidado donde la fe es un residuo del pasado, tan molesto como el hollín que todo lo cubre.
Allí camina un niño, una anomalía de carne y silencio en un laberinto de engranajes. No posee armas, solo una pequeña piedra negra que late; una semilla que espera una tierra que el mundo ya no recuerda cómo ofrecer.
En un lugar donde el hombre arranca la piel de su semejante por un suspiro de aire limpio, él ofrece algo que nadie sabe cómo usar: el perdón sin mérito y la luz sin sombra.
..."Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón."...
Los Guardianes del Silencio observan desde las goticas y mecánicas calles. No temen al Niño, temen y rechazan lo que él representa: el eco de una promesa que ellos mismos trituraron hace siglos. Porque si esa semilla llega a tocar el polvo, el orden de la asfixia podría desmoronarse.
¿Cuánto pesa la esperanza cuando el mundo ha decidido que morir es más fácil que creer? Alguien debe tener la determinación de sacrificarse por el bien y la bondad, y así demostrar a aquella autoridad divina que la humanidad no está pérdida como el cree.
Una fábula abstracta sobre el sacrificio de lo puro en el altar de lo decadente.
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