En el corazón del Japón feudal, bajo la luna sangrienta del séptimo mes, la Casa Tsugikuni gobernaba. Su riqueza, cuidadosamente protegida, fluía desde las minas de plata ocultas en las montañas. Michikatsu, el patriarca, era un Alfa temido y obsesionado con la pureza de su linaje.
Sumido en la lectura de los documentos que quedaban pendientes, un golpeteo en la puerta lo sacó de su concentración.
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