Minnie lleva años escribiendo cartas que nunca entrega: confesiones, miedos, sueños y extrañas sensaciones que no logra explicar. De vez en cuando, mientras atiende la pequeña cafetería donde trabaja, siente una melancolía profunda sin razón aparente, como si hubiera perdido algo... o a alguien.
Su único escape es escribir, capturando emociones que no sabe de dónde vienen.
Kook es un joven fotógrafo que vive detrás del lente. Recorre la ciudad buscando momentos que otros pasan por alto, pero hay una figura que se repite en sus fotografías sin que él lo note: un chico de sonrisa suave, ojos cálidos y aura frágil.
Un desconocido que, por algún motivo, siempre aparece en el fondo de sus mejores tomas.
Un día, Kook olvida su cámara en la cafetería donde trabaja Minnie. Cuando vuelve a buscarla, descubre que el chico que la encontró es el mismo rostro que ha estado capturando una y otra vez, sin siquiera saberlo.
Pero Minnie también siente algo extraño al mirarlo: como si lo hubiera esperado toda su vida.
Ambos comienzan a acercarse sin entender por qué su conexión es tan profunda desde el primer instante. No se conocen. Nunca han hablado. Nunca han coincidido.
Y aun así...
Cuando se miran, algo late en el silencio. Algo antiguo. Algo que no debería existir.
A medida que su relación crece, también lo hacen los sueños, los déjà vu y una sensación inquietante:
¿Y si ellos dos ya se habían encontrado antes?
¿Y si esta no era la primera vez que sus caminos se cruzaban?
Lo que empieza como una casualidad se convierte en un lazo imposible de ignorar.
Un lazo tan fuerte que parece romper el tiempo.
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