-¡Bájame, bastardo! -grité desesperada, porque quería que me dejara en paz con el chico con el que estaba coqueteando.
-Ya cállate, me aturdes -dijo Cristian con fastidio.
-Pues entonces bájame, o te juro que te voy a golpear en las bolas -grité desesperada, mientras todos veían la escena con diversión en sus miradas.
-Sí, claro, como digas, Nayelin -dijo, bajándome por fin de sus hombros. Yo estaba furiosa: me había dejado en ridículo frente a toda la universidad, así que decidí que me la iba a pagar.
Vi una mesa cerca y caminé hacia ella. Agarré una bebida y se la eché en la cabeza al cretino y egocéntrico de Cristian. Pero eso a él no le fascinó como a mí, y después de ver su cara me di cuenta de que era hora de correr. Sin embargo, ya tenía los tragos encima y apenas me mantenía de pie. Solo di unos pasos hacia atrás, pero él también dio pasos hacia adelante y me agarró con cuidado, aunque con firmeza, de la cintura.
-Bien, si quieres jugar, vamos a jugar -y, sin más, me cargó y caminó hacia la piscina. No le importaron mis gritos y me tiró al agua. Pero él no sabía algo: yo no sabía nadar...
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