El Ojo del Universo
Facundo Méndez
Hay preguntas que no deberían hacerse.
No porque sean malas, sino porque son demasiado profundas.
Preguntas capaces de atravesar capas de realidad que los humanos jamás imaginaron.
Cuando Elías pierde a su madre, el mundo se divide en un antes y un después.
Antes: un lugar imperfecto, pero comprensible.
Después: un silencio ensordecedor, un cielo indiferente y una certeza aterradora: el universo no se detuvo ni un segundo por su dolor.
En una noche de lluvia y faroles ahogados, lanza al vacío una sola palabra:
-¿Por qué?
Y el universo, por primera vez en incontables eras, escucha.
Lo que comienza como un grito de duelo se convierte en algo mucho mayor: una grieta en la realidad, una conciencia antigua que abre los ojos, respuestas que llegan escritas en tinta imposible y la sensación constante de ser observado. No por un dios benevolente, sino por algo que lleva existiendo desde antes de la primera estrella. Algo que no promete justicia, ni consuelo, ni salvación. Solo observa.
Y ahora, porque alguien miró de vuelta, también hay otros que miran.
Entidades que no destruyen mundos por maldad, sino porque los consideran... interesantes.
Cazadores que llegan cuando la observación termina.
Recolectores que clasifican lo que no entienden.
Y un Espectador Final que decide si una especie merece seguir existiendo.
Elías no pidió ser el punto de convergencia.
No pidió que su dolor abriera una puerta.
Pero ahora, cada pregunta que hace, cada grieta que ve, cada mirada que siente...
lo acerca más a convertirse en algo que ya no es completamente humano.
Porque algunas respuestas no salvan.
Algunas respuestas devoran.
Y el silencio del universo...
era lo más amable que había.
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