Nunca pensé que el mayor proyecto de mi carrera llegaría con tanto brillo... y con tanta contradicción. Yo, Paola Montes de Oca, con apenas 26 años, fui elegida para participar en La Boiserie de Chespirito: Sin querer queriendo, una producción que prometía ser histórica, un homenaje al hombre que marcó generaciones. Mi papel: nada más y nada menos que María Antonieta de las Nieves, la entrañable Chilindrina. Un reto enorme, pero también el sueño de mi vida. Lo que jamás imaginé era que, en medio de mi felicidad, me toparía con "él". Arturo Barba. Cincuenta años, una carrera sólida, un carácter duro... y el mismo desgraciado que casi me atropella en plena pista. Sí, ese sujeto que apenas frenó a tiempo, que me miró con gesto arrogante como si yo hubiera sido la culpable de cruzar. Yo lo bauticé como el tarado del carro blanco. Y ahora resulta que será mi compañero de reparto. El colmo de la ironía: yo, la joven que llega con hambre de demostrar su talento, y él, el veterano que parece creer que el mundo entero debería girar a su alrededor. Lo interesante -y aterrador- es que la química entre nosotros era inevitable. Y yo... yo empezaba a confundirme. ¿Cómo era posible que el mismo hombre que casi me manda al hospital con su auto ahora me hiciera latir el corazón con un simple roce de manos? Esta no es solo la historia de una joven actriz en busca de su lugar en el mundo, ni la de un hombre maduro que se enfrenta a sus propios fantasmas. Es la historia de dos polos opuestos, obligados a convivir bajo los reflectores, a ensayar besos ficticios que poco a poco se vuelven demasiado reales, y a luchar contra un destino que parece reírse de nosotros, como si fuera una broma de Chespirito. Yo, Paola Montes de Oca, estoy atrapada entre la razón y la pasión, entre el horror y lo fascinante. Porque lo cierto es que Arturo Barba puede ser un tarado... pero quizá también sea el error más hermoso en el que me he metido....
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