Astrid era luz, risas y un futuro que brillaba con la insolencia de quienes se creen invencibles. Pero la luz atrae a las sombras, y la suya fue devorada por partida doble. Primero, una traición que le arrancó el suelo bajo los pies; después, un encuentro fatal en la oscuridad que terminó por pulverizar lo que quedaba de su espíritu. Ahora, tras el cristal empañado de una ventana y bajo el arrullo monótono de una lluvia que parece no tener fin, solo queda un cascarón vacío. Un eco de lo que solía ser.
Desde la linde del bosque, Dorian observa el naufragio de esa alma con una mezcla de fascinación y asco. Para un ser de su estirpe, los humanos no son más que ganado ruidoso, criaturas de carne efímera que desperdician sus breves vidas en odios insignificantes y placeres vulgares. Él desprecia su debilidad, su tendencia a romperse y la suciedad de sus instintos. Sin embargo, con Astrid, algo es distinto.
Él la conoció cuando era sol, y en su inmortalidad de mármol y sangre, se prendó de ella. Durante años, Dorian ha vivido en una dicotomía tortuosa: una parte de él desea amarla, envolverla en su capa de sombras y protegerla de la podredumbre del mundo humano que tanto odia; la otra, la más oscura y antigua, desea terminar el trabajo y destruirla. Quiere ver cómo se apaga el último átomo de su luz para que ella, finalmente, sea tan fría, tan muerta y tan eterna como él.
¿Puede un alma reconstruirse cuando el mundo se ha desmoronado dos veces? O peor aún: ¿qué sucede cuando el único que está dispuesto a recoger tus pedazos es el mismo depredador que ha estado esperando, durante siglos, que te caigas?
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