El verde de sus ojos era una sentencia. Penetrante. Implacable. Capaz de quebrar voluntades con apenas un parpadeo. Todos le temían. Todos... excepto yo. No sabía qué era ese calor creciente bajo mi piel. Un impulso, un latido, una insolencia que nacía cada vez que su mirada buscaba la mía. ¿Desafío? ¿Admiración? ¿Atracción? No tenía respuestas, sólo la certeza de que no quería mirar hacia otro lado. Y cuando su voz atravesó el aire con mi nombre, supe que ya no había retorno. -¿Camila Cabello? -Presente, querida profesora.
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