Noa Vidal llega al Conservatorio Ravel como siempre llega a todas partes: tarde, con los auriculares al cuello y la certeza de que las reglas son sugerencias. Toca el piano desde que tiene memoria, no porque alguien se lo enseñara a hacer bien sino porque siempre supo hacerlo sentir verdadero. Eso, en un conservatorio de élite, es a la vez su mayor virtud y su problema más persistente.
Hana Seo es todo lo contrario. Primer puesto en el ranking interno durante tres años consecutivos, técnica impecable, una disciplina que los profesores mencionan en voz baja como si fuera algo que pudiera contagiarse. Nadie sabe mucho de ella más allá de lo que ejecuta. Nadie ha tenido razones para intentar saberlo.
Hasta que la profesora Vargas las empareja para un dúo de piano a cuatro manos con destino al Festival Nacional de Música de Cámara.
Lo que empieza como una negociación constante - de tempo, de dinámica, de quién lleva la melodía y quién el acompañamiento - se convierte progresivamente en algo que ninguna de las dos sabe nombrar todavía. Noa descubre que detrás de la armadura de Hana hay alguien que ama la música de una forma que no se permite mostrar. Hana descubre que las variables que no puede controlar resultan ser las más importantes.
Un banco de piano demasiado pequeño. Seis semanas de ensayos. Un festival que se acerca.
Y el espacio milimétrico entre dos manos sobre el mismo teclado que todavía no se han tocado del todo - pero que ya no pueden pretender que no quieren hacerlo.
A cuatro manos es una historia sobre aprender a escuchar antes de aprender a hablar. Sobre lo que ocurre cuando dos personas completamente opuestas descubren que se necesitan - primero para la música y luego para algo que la música no puede contener.
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