Desde niña, Malena supo que algo en ella no era normal. Un roce en el brazo, un apretón de manos, un abrazo... y la emoción del otro la atravesaba como un relámpago: miedo, tristeza, rabia, deseo, culpa. Todo se le metía en el pecho, aunque no quisiera. Por eso dejó de tocar a la gente. Por eso aprendió a esquivar caricias, a fingir alergias, a reír para ocultar el temblor. Pero esa habilidad, esa maldición, sería lo único que la pondría en ventaja cuando ya no quedaran rutas de escape.
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