Liv se sentía vacía. Probablemente porque no tenía ningún interés romántico, ni un hobby, ni mucho menos un amigo que pareciera estar realmente interesado en escucharla. Logan simplemente vivía la vida... a su manera. Era ese chico cliché que se sentaba al fondo del salón, leía en el recreo y casi nunca hablaba con nadie por más de cinco minutos. A pesar de que estaban en el mismo salón, Liv y Logan nunca habían sido "amigos". Eran tan paralelos como las vías de un tren. Hasta que el aburrimiento, algunas dudas existenciales y un libro demasiado triste los obligaron a cruzar caminos. Y entonces, lo que parecía imposible simplemente dejó de serlo. Ambos eran lo suficientemente inteligentes como para saber que lo suyo no duraría para siempre, pero también lo suficientemente valientes (o idiotas) como para intentarlo de todas formas. Porque, a veces, incluso las líneas paralelas... están destinadas a tocarse.
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