En Auradon, la perfección se mide en colores: el azul real de la corona, el dorado de la victoria y, sobre todo, el rosa impecable de Audrey. Pero para mí, el mundo no tiene colores. Heredero de la ceguera mística de mi padre, el gran oráculo Tiresias, mi realidad se construye con sonidos, aromas y las vibraciones de un reino que juzga por la mirada.
Tras la caída de la barrera y su propia redención, Audrey ya no es la princesa que todos conocían. El pueblo la observa con recelo, recordando sus errores, pero yo... yo soy el único que no puede ver sus manchas, ni su corona, ni su belleza legendaria.
Mientras ella intenta encontrarse a sí misma bajo el peso de las expectativas, yo intento descubrir quién es la chica que se esconde tras el perfume de flores y el eco de sus pasos inseguros. Porque en un mundo obsesionado con la apariencia, quizás sea necesario no ver para poder mirar de verdad.
"Ella es un espectro de luz que todos admiran; para mí, es el único incendio que puedo sentir."
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