La historia oficial prefiere las líneas rectas. Es más sencillo así: los buenos a un lado, los malos al otro. Nos gusta que los cuentos tengan los bandos bien marcados, sin sombras ni matices.
En 1977, mientras el castillo se consumía bajo la sombra de una guerra sucia, dos estudiantes intentaban detener el reloj con una soberbia suicida. Lo que empezó como un contrato estúpido entre quienes se aferraban a una juventud que ya se les escapaba de las manos, pronto se convirtió en un refugio clandestino.
Entre el olor a pergamino viejo, la tinta negra y los susurros en pasillos que se ahogaban en la discordia, Alexandrine Hundsstern cerró aquel pacto con Sirius Black, sin saber lo que les esperaba a cambio.
Ella solo quería a James Potter. Era una Slytherin, y su ambición no conocía de bandos ni lealtades. Con un matrimonio por conveniencia ciñéndose sobre ella como un lazo mortal, escuchó los susurros viperinos de Snape para acercarse al objeto de su deseo. No contaba con el perro guardián que lo protegería de todo y todos.
Tampoco esperaba acabar enamorándose.
Pero el destino no perdona a los traidores. Y al final, lo único que quedó de ellos fue el eco de una melodía vieja y un reguero de lágrimas.
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