La vida de Jericó Valois podía resumirse en una palabra: silencio.
A los cinco años, perdió a su familia en una noche de gritos y sombras que nunca pudo olvidar. Desde entonces, escondida en aquel armario mientras el mundo se desmoronaba, su voz se apagó para siempre. No porque no pudiera hablar, sino porque ya no encontraba razones para hacerlo.
Creció sola, sobreviviendo en las calles con puños y miradas afiladas. Aprendió a defenderse, a leer las intenciones de los demás sin necesidad de palabras, a ser invisible cuando era necesario y letal cuando no quedaba remedio. La calle fue su maestra y su cárcel.
Ahora, con veinte años recién cumplidos, sostenía entre sus manos un recorte de periódico arrugado: "Se busca secretaria. Industrias Demon. Discreción absoluta."
El edificio más alto de la ciudad se alzaba frente a ella como un gigante de cristal y acero. Allí trabajaba Meliodas Demon, el tercer hijo del poderoso clan Demon, uno de los empresarios más jóvenes y exitosos de todo el país. Dueño de empresas de tecnología, hoteles y medios de comunicación, su nombre aparecía en los titulares cada vez que compraba una compañía o cerraba un trato millonario.
También aparecía por otras razones: su última secretaria había sido despedida por intentar seducirlo.
Jericó ajustó el cuello de su única camisa blanca, planchada con esmero la noche anterior, y entró al vestíbulo de mármol. No tenía nada que perder. Su silencio era su escudo, y nadie podría atravesarlo.
Lo que no sabía era que, en el piso treinta y dos, la esperaba un hombre de ojos verdes y sonrisa pícara que convertiría su mundo en un caos maravilloso. Un hombre que, contra todo pronóstico, no vería su mutismo como una limitación, sino como la única voz capaz de callar sus propios demonios.
Porque a veces, las almas más rotas encuentran justo lo que necesitan en el silencio del otro
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