Sakura creía en las segundas oportunidades porque ya había dado demasiadas.
Durante años, Nirei fue su hermano y su problema: deudas que Sakura pagó, peleas que Sakura cubrió, noches en la comisaría que Sakura nunca contó. Hablaron hasta desgastar las palabras. Nirei lloró, pidió perdón de rodillas y juró que el hombre que lastimaba había quedado atrás. Sakura le creyó. Por que aunque no fueran hermanos de sangre, aun había algo que los enlazaba y porque soltar también duele.
Así que cuando Endo llegó a su vida, Sakura bajó la guardia. Le abrió la puerta de su casa y de su familia. Le dijo a Nirei "es mi novio" y vio cómo su hermano sonreía, servía vino y brindaba por ellos.
Parecía que por fin estaban bien. Los tres. Una familia remendada con perdones y promesas nuevas.
Por eso Sakura no entendió el temblor en las manos de Endo aquella mañana. Ni la forma en que Nirei evitó mirarlo cuando dejó las llaves sobre la mesa.
No sabía que algunas traiciones no llegan con un golpe. Llegan vestidas de perdón, se sientan en tu mesa y esperan a que vuelvas a confiar.
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