Después de la guerra mágica, tras la caída de Quien No Debe Ser Nombrado y la instauración de la paz en el mundo mágico, se cerraron pactos silenciosos que pocos conocieron.
El Trío de Oro, junto a sus compañeros de generación, culminó sus estudios en Hogwarts. Minerva McGonagall había asumido la dirección del colegio y prometido restaurar el orden que tanto se había perdido. Los Malfoy, luego de cooperar y traicionar al Señor Tenebroso, fueron perdonados, y desde entonces guardaron un perfil bajo.
Mientras el Niño Que Vivió era celebrado como héroe y salvador del mundo mágico, el heredero de los Malfoy cargaba con el desprecio y el rechazo. Lo que antes era aristocracia se había convertido en vergüenza; ni la comunidad mágica lo aceptaba, y los viejos seguidores del Señor Tenebroso, ocultos en las sombras, lo señalaban como traidor.
No obstante, Harry Potter comprendió algo que pocos veían: eran más similares de lo que querían admitir. Él había sido empujado a ser el santo, el héroe de una historia de villanos; Malfoy, la sombra que recorría la misma historia, marcada por venganzas y silencios. Y así, entre los escombros de un mundo reconstruido, se selló un pacto silencioso de respeto y aceptación entre el bien y el mal.
Pero la calma nunca dura para todos. En la vida de Malfoy regresó alguien que, aunque nunca había olvidado, había quedado atrapada en el pasado, en el instante exacto en que ella decidió poner distancia con aquellos intensos ojos grises.
Había una profecía.
Un alma gemela del pasado.
El cambio en el orden natural de la descendencia Malfoy.
El cambio en la línea de la descendencia Potter.
Un giratiempo.
Un corazón.
Un hermano dispuesto a salvar a quien no deseaba ser salvada.
Si un Potter podía ser el primero en cruzar las puertas de Slytherin... ¿por qué un Malfoy no habría de tener más de un heredero?
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