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Mi pasado es una habitación con la luz fundida. Sé que hay cosas ahí dentro, pero cada vez que intento entrar, mi mente se apaga. Solo quedan las sensaciones: el sabor a metal en la boca, el olor a desinfectante industrial y el eco de una voz que nunca fue mía. Dicen que soy una eminencia en reconstrucción biológica, pero la verdad es que pasé años intentando rearmar mi propia cordura.
(No toques la cicatriz, Elena. No preguntes por qué tus manos saben suturar sin que tú lo hayas decidido).
Viví en un silencio autoimpuesto, rodeada de gente pero siempre en una soledad que me devoraba los huesos. Hasta que llegó la invitación. Playtime Co. no pedía una doctora; pedía a una Vance. Decían que Thomas me necesitaba, que él era la clave de un "avance sin precedentes". No acepté por amor fraternal; acepté porque la fábrica era el único lugar que parecía tener las piezas que me faltaban.
Ahora, al cruzar el umbral del vestíbulo, la mirada de Huggy Wuggy me atraviesa. No es un juguete; es un centinela de felpa. Siento un escalofrío que no es por el aire acondicionado, sino por el reconocimiento. La fábrica no me está recibiendo, me está reclamando.
-Dra. Vance -murmura un hombre de traje impecable desde la sombra del balcón-. Bienvenida a casa. Su hermano nos dijo que usted era... especial.
Apreté el reloj roto en mi bolsillo. El segundero no se movía, pero el zumbido en mi cabeza era ensordecedor. Por fin, el silencio empezaba a hablar.
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