Me quedé mirando un punto fijo en la pared blanca del consultorio mientras las manos del Doctor Min, frías y profesionales, recorrían los rastros de la furia de Jungkook en mi piel. Él no decía nada, pero su silencio gritaba más que cualquier insulto.
En ese momento entendí que lo que se había quebrado en mi pecho no era solo la confianza, sino esa venda que yo misma me había atado a los ojos para no ver el monstruo en el que él se había convertido.
Me dolía respirar, y no era solo por las costillas golpeadas. Era el aire, que de pronto se sentía pesado, cargado con el olor de una tormenta que yo llamaba "amor" por miedo a llamarla "infierno".
El doctor se detuvo, me miró directo a los ojos y fue como si me obligara a ver el desastre: yo no era su compañera, era su saco de boxeo emocional y físico. Cada marca morada en mi cuerpo era una palabra que él me había callado a golpes.
Es irónico, porque siempre pensé que la tempestad estaba afuera, en el mundo, y que sus brazos eran mi refugio. Pero ahí, bajo la luz fluorescente de la clínica, la verdad me golpeó más fuerte que su puño: Jungkook no era el refugio, él era el rayo que me estaba partiendo en dos.
El dolor que siento ahora no es por los golpes, es por darme cuenta de que el hombre que juró cuidarme es el mismo que me está destruyendo lentamente, pedazo a pedazo, hasta que no quede nada de la mujer que solía ser.
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