A veces, aferrarnos al pasado -ya sea como un escudo para no repetir errores o como un intento de no revivir la misma tragedia- se convierte en una herida abierta que no solo nos lastima a nosotros. También hiere a quienes intentan entrar en nuestra vida y se encuentran con un muro levantado por el terror; ese miedo paralizante a que la historia se repita y terminemos perdiendo lo poco que logramos rescatar de las cenizas.
Koyuri lo comprendía perfectamente. Sabía que se saboteaba a sí misma y lastimaba a los demás cada vez que buscaba el rastro de Inuyasha en los ojos de Hakuji. Era una tortura consciente: reconocer que Hakuji era diametralmente opuesto a aquel "traidor", y sin embargo, encontrarlo tan similar en cada gesto, palabra o silencio. A pesar de esa lucha interna y de haberle jurado un odio eterno al principio, el corazón terminó por ignorar sus advertencias, permitiéndose caer rendido ante el hombre que, siendo tan igual, resultó ser todo lo que ella necesitaba.
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