Para Park Jimin, el mar era su vida, hasta que una ola masiva decidió arrebatársela.
El impacto fue seco. El aire escapó de sus pulmones y la oscuridad del fondo lo reclamó. Justo cuando se rendía, unas manos de una frialdad sobrenatural lo rodearon con una fuerza que desafiaba toda física. Entre burbujas y agonía, Jimin vio un destello plateado y una silueta que se movía con una agilidad imposible. No era un buzo. No era un hombre.
Cuando despertó en la arena, solo y empapado, el océano guardaba un silencio absoluto. Jimin nunca había creído en mitos, pero esa tarde, algo que no debería existir le devolvió el aliento.
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