Desde pequeña, la protagonista creció rodeada de abrazos cálidos y una familia que parecía ser su refugio seguro. Sus días estaban llenos de juegos y risas suaves, formando una infancia que, desde fuera, parecía tranquila. Amaba las flores, quizá porque en ellas veía su propia esencia: delicada, viva y llena de promesas. Todo en su mundo parecía florecer con facilidad. Sin embargo, incluso en los jardines más hermosos existen rincones donde la luz no alcanza por completo, y fue ahí donde algo comenzó a cambiar. No hubo palabras ni un instante claro que marcara el quiebre, solo una sensación persistente, una grieta silenciosa que crecía con el tiempo. Aun así, siguió sonriendo. Aprendió a guardar silencio, a observar más de lo que decía y a interpretar miradas. Poco a poco, su mundo se volvió más pequeño, como si tuviera que adaptarse para sobrevivir dentro de él. No entendía del todo lo que ocurría, pero su corazón lo sabía: algo no estaba bien. Creció cargando un peso invisible, en un lugar donde la ternura y el miedo convivían. Sin embargo, incluso en medio de todo, seguía habiendo belleza: en la luz que entraba por la ventana, en el susurro del viento y en las flores que, contra todo, seguían floreciendo, porque hay heridas que no se ven, pero también hay raíces que nunca se rinden.
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