Katherine nunca creyó en las casualidades. Pero el día que volvió a ver a Matteo -su mejor amigo de la infancia- entendió que el destino sí existe. Matteo no llegó solo. Con él estaba Alexander. Alexander no era el típico chico que llamaba la atención por su apariencia, sino por su manera de mirar. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Katherine, algo cambió. No fue inmediato, no fue explosivo... fue profundo. Como si se reconocieran sin haberse conocido antes. El problema no era lo que sentían. El problema era que Alexander vivía en otra ciudad. Y Katherine... Tenía muchas cosas prohibidas
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