Wolfram von Bielefeld ha sido valiente toda su vida.
Valiente cuando su madre lo abandonó. Valiente cuando eligió la espada. Valiente cuando aceptó un compromiso que nadie pidió, con un rey que no lo eligió. Valiente cuando se levantó cada mañana durante tres años a esperar a alguien que nunca llegaba.
Pero hay dos actos de valentía que cambiarán el curso de su vida para siempre.
El primero: quitarse la venda de los ojos.
Tres años esperando. Tres años fingiendo. Tres años de una verdad que pesaba más que cualquier mentira. Cuando el plazo legal de su compromiso se cumple, Wolfram hace lo que nadie espera: suelta él mismo. Sin escándalo. Sin lágrimas. Con la quietud de quien ha decidido dejar de mentirse.
Fue duro. Fue necesario. Fue valiente.
El segundo: salvar a quienes nadie más ve.
Mientras Yūuri juega béisbol en la Tierra, Wolfram está descubriendo algo que todos deberían haber visto. Jóvenes que desaparecen en diferentes reinos, diferentes años, sin que nadie conecte los puntos. Un símbolo que aparece donde no debería. Un lugar que nunca debió existir.
Wolfram mira donde nadie quiere mirar. Se infiltra donde nadie se atreve a entrar. Construye en secreto un refugio para quienes rescate, con la ayuda de los únicos en quienes confía. Y espera. Observa. Se prepara.
Porque las víctimas necesitan sanar. Porque alguien tiene que hacer algo. Porque Wolfram está harto de que los monstruos ganen.
Y lo hace solo.
Mientras tanto, Yūuri vuelve.
Y descubre una habitación vacía. Una palabra que Wolfram nunca había usado con él. Un silencio que no sabe cómo romper.
Porque Wolfram ya no espera. Nunca más
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