En el Reino de la Resonancia, la luz no es un regalo; es un peso que deforma la realidad.
Él es solo un Acólito de la Gracia, una nota disonante en la partitura perfecta del cielo. Sus manos, marcadas por la servidumbre, no fueron creadas para sostener la gloria, sino para recoger sus restos. Con un solo par de alas, blancas como el humo de una pira recién extinguida, arrastra el luto de un guerrero caído y el silencio de un propósito roto. Es la ceniza que queda después del incendio, el ángel que habita en las sombras de los pedestales de oro.
Sin embargo, el destino tiene una crueldad geométrica.
Por un decreto que nadie se atreve a cuestionar, el Acólito ha sido entregado al servicio de la Existencia Absoluta. En lo más alto del Trono, donde el aire se vuelve plasma y el tiempo se calcina, habita Aquel que no puede ser nombrado.
Un Serafín.
No es un ser de paz; es un incendio vivo contenido en seis alas de fuego blanco que desgarran el firmamento. Su presencia es una frecuencia tan alta que hace sangrar los oídos de los impuros. Dicen que mirarlo a los ojos es aceptar la ceguera eterna, y que su tacto es un sol que devora la existencia de los insignificantes. Nadie ha sentido su calor sin convertirse en polvo. Nadie ha escuchado su voz sin perder la cordura.
En la soledad de los atrios de cristal, donde la divinidad es una herida abierta, dos imposibles están condenados a colisionar:
El rastro de nube que se niega a disiparse y el incendio que busca, desesperadamente, una sombra donde descansar.
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