La odiaba. O al menos eso era lo que se repetía cada vez que la veía. No entendía por qué su presencia le molestaba tanto... ni por qué le costaba tanto dejar de mirarla. No tenía sentido. Odiar a alguien no debería sentirse así. Y aun así, cada vez que ella sonreía, algo dentro de su pecho se desordenaba. -¿Por qué siempre me miras así? -preguntó ella. No respondió. Porque admitir la verdad era peor que seguir fingiendo odio.
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