Paulina cree conocer el ritmo exacto de su vida: una banda, una relación estable, un lugar seguro al que llamar hogar. Elliot forma parte de esa armonía, hasta que una presencia ajena, Michaela, llega como una nota imposible de ignorar. Entre miradas públicas y conversaciones a puerta cerrada, lo que parecía una rivalidad se convierte en un cuestionamiento más profundo: sobre el deseo, la lealtad y las verdades que se ignoran para no incomodar. Porque a veces, aceptar quién se es implica desafinar todo lo demás.
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