En algún lugar donde la luz se filtra como un susurro enfermo, existe un jardín que nunca se marchita.
Las margaritas crecen en perfecta armonía. Demasiado perfecta. Tom no cree ser un monstruo. Cree ser un cuidador. Un hombre que entendió algo que otros no: que la belleza no debe cambiar, que el amor verdadero no envejece... y que, si es necesario, puede reconstruirse.
Una a una, ellas llegan al jardín.
Tom no secuestra mujeres por impulso. Lo hace con método.
Tiene reglas, rutinas y una idea fija: reconstruir lo que perdió.
Por eso elige, corrige, moldea. Cabello, ropa, gestos. Nada es casual.
El jardín no es un capricho estético. Es un sistema de control.
Las mujeres que llegan ahí dejan de ser quienes eran.
Se convierten en versiones de alguien más.
O, al menos, en lo que Tom necesita que sean.
Lo que hay detrás no es amor.
Tampoco es solo violencia.
Es una mente que no distingue entre cuidado y posesión,
entre memoria y obsesión,
entre una figura que se ama... y una que se debe preservar intacta.
Pero hay fallas en su diseño.
Porque ninguna persona puede ser copiada sin deformarse.
Y ninguna identidad puede borrarse sin dejar residuos.
El problema no es entrar al jardín.
El problema es entender qué parte de ti va a sobrevivir ahí.
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