Nunca sentí eso que llaman amor, no porque me faltara oportunidad, sino porque en mí no había nada que responder; crecí entre vacíos, entre afectos que se rompían antes de nacer, y lo único que aprendí fue a no creer, a no necesitar, a no entregar, así que hice lo único que sabía hacer bien: fingir; observé, imité, perfeccioné cada gesto hasta convertirlo en algo casi perfecto, aprendí a mirar como si dentro de mí existiera algo profundo, a tocar como si me importara, a decir exactamente lo que necesitaban escuchar para sentirse únicos, elegidos, amados... y siempre funcionaba, siempre caían, uno tras otro, confiando en una versión de mí que nunca existió; no era placer ni odio, era costumbre, era control, era la forma más segura de no ser yo la que terminara rota; mi vida era eso, un juego limpio de mentiras bien dichas y emociones prestadas... hasta que él apareció, y sí, también cayó, como todos, también creyó en mí, también se perdió en lo que le mostré, pero lo que no entendí a tiempo fue que no era como los demás, porque mientras yo lo envolvía en mi ilusión, él, sin darse cuenta -o tal vez sabiéndolo todo-, empezó a arrastrarme consigo, a desordenar cada certeza que yo tenía, a romper el ritmo perfecto de mi mentira, y cuando quise darme cuenta, ya no era solo él quien estaba atrapado en mi juego... también era yo, y por primera vez, no supe si estaba fingiendo... o empezando a sentir algo que nunca había sabido nombrar.
(Esta historia es completamente de mi autoría, tanto los personajes como la historia me pertenece, no sé permite el plagio, ni la adaptación sin autorización. Puede contener lenguaje o escena sensible para algunos lectores).
All Rights Reserved