Felix tenía dieciséis años y una habilidad extraña para volverse invisible sin quererlo. En la escuela, nadie parecía notar cuando llegaba ni cuando se iba. Sus compañeros hablaban entre ellos, reían, discutían planes; él, en cambio, caminaba por los pasillos sintiendo que ocupaba un espacio que nadie reclamaba.
En su casa la situación no era diferente. Sus padres discutían casi todas las noches: dinero, culpas, silencios largos que pesaban más que los gritos. Su madre pasaba los días cansada, sin energía para entender lo que pasaba con su hijo. Su padre, por otro lado, vivía encerrado en su propio enojo, como si mirar a felix le recordara algo que prefería olvidar.
Mientras tanto, él intentaba no estorbar, no molestar, no existir demasiado.
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