En la élite de la Fórmula 1, Jeon Jungkook, a sus 33 años, es una deidad del asfalto: instintivo, salvaje, incapaz de ser domesticado. Forjado por el mánager más legendario del deporte, corre impulsado por la memoria de su mentor. Pero su volatilidad ha alcanzado un punto de no retorno. Su lengua afilada y su desprecio por el guion han convertido a la escudería en el epicentro de un escándalo mediático que amenaza con arrasarlo todo. A su lado, siempre un paso por detrás -o a través del auricular-, ha estado Kim Taehyung. A sus 29 años, ha pasado casi toda su carrera profesional construyendo el mito de Jungkook. Como su promotor y estratega de imagen, ha sido el encargado de limpiar sus desastres, negociar sus contratos y protegerlo de una prensa que busca cualquier grieta en su armadura. Taehyung es, además, el único que sabe leer el lenguaje de sus silencios. Es la elegancia en medio del rugido de los motores: siempre impecable, envuelto en seda y lino que parecen inmunes al calor de los garajes, traduciendo la furia de Jungkook en éxito comercial. Hijo del mentor de la estrella de la F1, creció entre podios y paddocks, pasando de ser el chico del que Jungkook se enamoró en su juventud... al doncel que hoy gestiona cada aspecto de su existencia. Siete años de convivencia -entre jets privados y temporadas interminables en Europa y Asia- han convertido su relación en una olla a presión. Pero la precisión de Jungkook se está volviendo violenta. Su temperamento ha empezado a quemar puentes dentro y fuera de la pista; es una fuerza indomable que desprecia las reglas y a los inversores. Mientras Jeon sabotea su carrera con cada arrebato momentáneo, el otro intenta contener el incendio. Pero no corre hacia la meta, sino hacia el desastre, arrastrándolo a un abismo donde la lealtad y la autodestrucción se confunden. Próximamente..
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