Un amor que no se fue de golpe, se fue apagando en silencio, como una luz que nadie se atrevió a apagar, pero que dejó de alumbrar hace tiempo. Como si nunca hubiera sabido cómo quedarse, o tal vez como si quedarse siempre hubiera sido demasiado para nosotros.
Fue esa historia donde quedarse dolía, pero irse rompía en pedazos mucho más profundos, de esos que no se ven, pero se sienten en cada recuerdo.
Aquí se quedó todo: lo que no dijimos por miedo, lo que sentimos a medias por orgullo, y lo que sostuvimos con las manos temblando incluso cuando ya sabíamos que se estaba cayendo.
Un corazón que amó hasta perderse, que se quedó más de la cuenta intentando salvar lo insalvable; hasta entender demasiado tarde, que a veces el amor no alcanza aunque haya sido tan real que todavía arde.
Esto no es solo una despedida...
es el eco de lo que fuimos,
las ruinas de lo que casi logramos ser,
y este intento torpe de reconstruirme con los restos que dejaste en mí.
Porque hay amores que no terminan...
solo se quedan viviendo en silencio dentro del pecho,
doliendo bajito en los días tranquilos,
apareciendo sin aviso en las noches más largas.
Y es ahí cuando más pesa...
cuando elegirte a ti misma se siente como una traición,
cuando soltar duele más que aferrarse,
cuando todo en ti grita que vuelvas aunque sepas que ahí ya no queda nada para ti.
Porque hay amores que no se olvidan...
solo te enseñan, de la forma más dura,
que incluso amando con todo...
también hay que aprender a irse.
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