En un mundo dividido entre la luz y la oscuridad, donde los reinos celestiales y el Bajo Mundo existen en tensión constante, Aiden -un príncipe de naturaleza luminosa, ligado al sol y a la pureza de su linaje- es arrancado de su entorno tras un ataque que lo deja al borde de la muerte. Herido, debilitado y lejos de la luz que lo sostiene, su existencia pende de un hilo en un territorio que debería destruirlo.
Es ahí donde aparece Kahel.
Un ser del inframundo. Frío, letal, moldeado por la crudeza de un mundo donde la compasión es una debilidad... y aun así, decide no matarlo.
Lo que comienza como una decisión estratégica -o quizás un impulso que ninguno de los dos comprende del todo- se convierte en un vínculo imposible cuando Kahel, para mantener con vida a Aiden, le ofrece su propia sangre. Ese acto crea un lazo irreversible: sus vidas quedan atadas. Si uno muere, el otro lo sigue.
Ahora, obligados a coexistir en un entorno hostil como el Mercado Oscuro -un lugar corrupto, violento y plagado de criaturas que comerciaban incluso con restos celestiales-, ambos deberán sobrevivir no solo a los peligros externos, sino a algo mucho más incómodo: la cercanía.
Aiden, debilitado sin la luz del sol, representa todo lo que Kahel debería odiar.
Kahel, oscuro y brutal, encarna todo lo que Aiden fue enseñado a temer.
Y aun así... no se matan.
Se observan. Se desafían. Se contienen.
Porque en medio de la persecución, de criaturas que los cazan, de figuras como Nyssa -una presencia monstruosa e inteligente que sospecha la verdad y mueve sus piezas desde las sombras-, empieza a formarse algo que ninguno de los dos puede nombrar sin romperse.
Confianza... demasiado peligrosa.
Atracción... absolutamente prohibida.
Cada decisión los acerca más a un punto sin retorno.
Porque no solo están intentando sobrevivir...
están aprendiendo a no destruir aquello que, en otro mundo, habrían jurado eliminar.
Y eso es lo más peligroso de todo.
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