Desde muy pequeño, Daniel aprendió a ver el mundo de una forma distinta. Mientras otros niños apenas descubrían las palabras, él ya sentía que en ellas había algo más... algo oculto, como si cada letra guardara un secreto esperando ser revelado. Guiado por su madre, Sofía, la lectura se convirtió en su refugio, pero no fue ella quien despertó en él esa necesidad constante de leer, sino una presencia silenciosa, una voz sin nombre que parecía escucharlo desde algún lugar imposible de ubicar.
Con el paso del tiempo, aquello que comenzó como una sensación inocente empezó a transformarse. La voz cambió, los silencios se hicieron más profundos y la realidad dejó de sentirse completamente estable. Lo que antes era curiosidad se convirtió en inquietud, y lo que parecía compañía comenzó a confundirse con algo más difícil de comprender. Entre pérdidas, dolor y una creciente desconexión con el mundo que lo rodea, Daniel se ve arrastrado hacia estados de conciencia que no sabe controlar, enfrentándose a pensamientos, percepciones y presencias que lo llevan al límite de sí mismo.
En medio de esa caída, surge una pregunta inevitable: ¿lo que habita en él proviene de afuera... o siempre ha estado ahí?
Esta no es solo la historia de un descenso hacia la oscuridad, sino el recorrido de alguien que, sin buscarlo, se ve obligado a confrontar su propia mente, su dolor y aquello que existe más allá de lo que puede entender. Porque a veces, perderse no es el final... sino el único camino para descubrir quién ha estado observando todo el tiempo.
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