Camille Monterrusso no solo era la próxima estrella de Hollywood... era la estrella.
A sus 19 años ya tenía portadas, contratos millonarios y ese tipo de mirada que hacía que cualquier cámara se rindiera ante ella.
Pero su vida perfecta tenía una grieta.
Lucas bergvall
Su relación había sido intensa, pública, casi cinematográfica. De esas que la gente sigue como si fuera una serie. Hasta que un día, sin aviso, todo se rompió.
Infidelidad.
No hubo escándalo inmediato. Camille no gritó, no lloró en público. Solo desapareció. Canceló entrevistas, dejó proyectos en pausa... y se fue.
A Europa.
Ahí es donde entra Carmen Montero.
Carmen no era solo su amiga. Era su lugar seguro. La única persona que podía ver a Camille sin el personaje, sin la fama, sin la perfección.
Y Carmen tenía una idea.
-Necesitas distraerte -le dijo una tarde, mientras tomaban café en un paddock lleno de ruido, motores y adrenalina-. Necesitas algo que te saque de tu mundo.
-¿Y este... es tu plan? -preguntó Camille, viendo pasar autos de Fórmula 1.
Carmen sonrió.
-Confía en mí.
Lo que Camille no sabía... era que Carmen no estaba sola en esto.
George también estaba involucrado.
Ambos compartían miradas cómplices cada vez que cierto piloto italiano se acercaba.
Kimi Antonelli.
Joven, talentoso, reservado... y completamente ajeno al caos emocional que rodeaba a Camille.
O eso creía.
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