Tras la caída de Syko, el polvo no tardó en asentarse bajo las botas de los oportunistas. Mientras el cuerpo inerte de la androide yacía sobre el suelo desértico de lo que fue una metrópolis, Frank no veía una tragedia, sino una inversión. Sus empresas de tecnología comenzaron a trabajar a marchas forzadas, financiadas por un gobierno desesperado que le entregó cheques en blanco para restaurar el orden. En cuestión de semanas, edificios de cristal reemplazaron las ruinas, pero cada ladrillo nuevo llevaba el sello de la Corporación Frank.
Bajo el pretexto de la seguridad, Frank y su mano derecha, la Dra. Susie, recuperaron el chasis de Syko. En el sótano de su mansión, rodeados de soldados leales, Frank contemplaba la máquina. "Una sirvienta en casa no haría daño", bromeó con cinismo, sugiriendo que incluso un arma de destrucción masiva podía ser domesticada para su entretenimiento personal. La gente, agradecida por el techo sobre sus cabezas, no veía que la paz era una jaula de oro diseñada para otorgarle a Frank el control total del país.
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